Cuando no puedes pasar página…

Mi blog se ha vuelto un espacio oscuro, lleno de sombras, pero ahora mismo es cómo me siento y mi vía de escape. 

Hace una semana me encontraba bien dentro de lo que cabe, con ganas de pasar página después de lo ocurrido. Podría decir que hasta había aceptado mi duelo. Había aceptado que mis mellizas se habían ido para siempre

Tenía la impresión de que todo volvía a la normalidad, me había venido la menstruación y ya restaba las que me quedaban para volver a intentarlo. 

Pero algo en el fondo me decía que iba mal. Hacía ya días de mi regla y seguía manchado de forma irregular. Me reuní de valor y me fui de nuevo al escenario de mis pesadillas. Volví a ver la pantalla que vi a mis bebés moverse por última vez. Volví a ver la misma pantalla vacía otra vez.


Ahora me he hecho ” famosa” y en mi cita acuden uno o dos ginecólogos, residentes y estudiantes. Me he convertido en un caso especial muy a pesar mio. Se ponen a mirar la pantalla, demasiado tiempo… Yo observo sus caras en busca de pistas y son de preocupación. Sin que me digan nada ya se la respuesta. 

Todavía quedan restos placentarios en tu útero. 

Mes y medio desde que se me rompió el alma, dos legrados después y todavía no puedo pasar página. Lloro de rabia, de indignación. ¿¿No se supone que por histeroscopia ya vieron que estaba limpia?? Se escudan en que en ambos casos entro en atonía y me desangro. Se centran en controlar la hemorragia y mi útero está muy inflamado y “sucio” de sangre para ver. Son diminutos los restos, pero mi cuerpo los quiere expulsar y no puede.

Me dicen que mi útero tiene la pared diez veces más gruesa de lo que debería y los ovarios tienen ambos dos quistes. Mi cuerpo está tan perdido que ha perdido el control sobre mi fertilidad

Se reúnen y pactan en privado qué harán conmigo. Después deciden que me recetarán anticonceptivos para “secar” mi endometrio y el día 25 (justo dos meses después de mi pérdida) me harán una histeroscopia en consulta para ver mejor mi útero. Ahí decidirán que hacer. 

Ahora tengo miedo. Miedo a no poder ser madre nunca más. Sé que tengo endometritis crónica y puede dejar secuelas. Los quistes seguramente se reabsorberan. Va a tener que pasar demasiado tiempo para saberlo y todavía no he podido ni cerrar esta historia.

Después de todos estos acontecimientos, me encuentro más hundida que nunca. Ya no me ayuda ni la terapia a la que iba. Me encerraría para no salir nunca más, pero mi hijo me lo impide. Lloro a escondidas porque enseguida me pregunta si tengo pupa con cara de preocupación. Él que nunca ha sido un niño muy cariñoso, me suelta besos y “te queros” cuando menos me lo espero. No se qué haría sin mi hijo.