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Hasta siempre mis niñas

Con el título ya os podéis imaginar… He vivido la peor experiencia de mi vida. 

Nada me hacía imaginar que al día siguiente de explicar que todo iba perfecto iba a experimentar el dolor más intenso. Tengo el corazón y el alma partida. Me siento vacía.

Os iba explicar que venían dos niñas, os iba a explicar cómo daríamos la noticia del sexo, os iba a explicar cómo iban a ser nuestras vacaciones por los fiordos Noruegos, os iba a explicar mis primeras mariposas en el estómago, os iba a explicar muchas cosas, pero ninguna ha podido realizarse.

El día 25 de agosto a las 22:00 y 22:30 horas parí a mis mellizas de 15 semanas de gestación.

Todo comenzó por la mañana al despertarme. Tuve un manchado mucoso marrón. No le di mucha importancia pero nos fuimos a urgencias a primera hora para quedarnos tranquilos ya que al día siguiente teníamos que coger un avión.

En urgencias me empezó a molestar la tripa, pensé que serían nervios pero iba en aumento. Cuando me miraron me dijeron que todo estaba perfecto, que sería una vieja herida que no me preocupara. Me enseñaron a mis niñas por el ecógrafo y no paraban quietas. Yo comenté que me dolía la tripa pero me dijeron que sería distensión de ligamentos. Sin embargo al salir… Me medio desmayé y me empecé a retorcer de dolor. Era como si me estuvieran acuchillando la tripa.

Enseguida me metieron en un box, me midieron la tensión y la tenía por los suelos. Me pusieron una vía con analgésico y me sacaron sangre. Ahí seguía retorciéndose de dolor mientras escuchaba los monitores de los boxs de la sala. Lloraba y lloraba, me imaginaba ya lo peor.

A la hora, el analgésico empezó a hacer efecto y nos empezamos a imaginar que igual era una infección de orina muy “heavy”. Como tenía ganas de orinar, me fui al baño y… Se me cayó el mundo. Tenía las bragas llenas de sangre, sangre roja. Abrí la puerta del baño delante de todas las enfermeras y grité: “Estoy sangrado!!”. 

Enseguida se me llevaron los ginecólogos y comprobaron que la sangre provenía del útero. Además me hicieron un tacto muy doloroso y me dijeron que había empezado a dilatar. Grité y grité que lo pararan, pero me dijeron que si sangraba, no podían hacer nada. 

Las analíticas salieron disparadas, como si hubiera alguna infección. Llegaron a pensar que era un ataque de apendicitis porque me dolía sobretodo el costado derecho, pero los cirujanos por ecógrafo lo descartaron. 

De repente empecé a notar un dolor diferente, unas oleadas de dolor… Sabía lo que era ya las pasé con mi hijo. Contracciones.

Después me subió la fiebre, vomité y no paraba de  llorar sin descanso. Me dijeron que tenía que parirlas. Yo grité que dolor para dar vida sí, pero para que nacieran muertas me negaba. Sin embargo, mis súplicas fueron en vano, como mucho podían darme analgésicos pero necesitaban que tuviera contracciones para expulsarlas, eran ya bastante grandes y así mi cuerpo tendría menos complicaciones. 

Rogué también que apagaran los monitores de la sala, no soportaba escuchar los corazones de los demás bebés. Me cambiaron a otra sala un poco más apartada. Las contracciones eran cada vez más seguidas, explotó como un globo y empecé a mojar toda la cama. Lloré con más intensidad aún, hasta ese momento no se porqué aún tenía la mínima esperanza. Empecé a sentir ganas de empujar, avisé y sacaron rápidamente a mi marido completamente destrozado de la habitación. Salió mi primera niña y se la llevaron rápidamente sin poder ver nada. Me dejaron sola, me sentía como fuera de mi cuerpo, estaba en trance, callada, tranquila. 

De repente quise empujar de nuevo y salió mi segunda pequeña. Instintivamente eché la mano y la recogí. Se movía, dejó a los segundos de hacerlo en mi mano. Le susurré que mamá le quería mucho, que lo sentía. 

Al momento entró una comadrona alterada y me dijo que no la tocara y la retiró. Me metieron la mano dentro, le pedí que no me tocara, y le retiré el brazo con todas mis fuerzas a la ginecóloga. Querían acelerar y sacar las placentas. Con varios pujos poco tiempo después salieron las placentas aparentemente íntegras. 

Más tarde nos preguntaron si queríamos verlas, yo quería y mi marido también. Nos las presentaron una enfrente de otra, muy limpias. Mi marido nada más verlas se vino abajo. Yo seguía en trance, me detuve a mirarlas detenidamente, cada detalle, les llame por el nombre que dos días antes habíamos decidido, necesitaba aceptar que ya no estaban dentro de mi. Eran muy diferentes y una tenía los morritos de nuestro Lucero. 

De repente caí en mi marido y le abracé para intentar consolarle. Él, había sufrido tanto como yo, aunque de manera diferente.

Sin embargo, a la pesadilla le quedaba todavía mucha historia. Al día siguiente por la tarde, al hacerme una ecografía dijeron que necesitaban hacerme un legrado. 

Me sedaron y cuando desperté estaba llena de cables, controlaban mi corazón, tenía otra vía en la otra mano con una bolsa de sangre y había un tubo que acababa en una bolsa llena de sangre que salía de mi vagina. 

Me dijeron que durante el legrado mi útero no había vuelto a su sitio y había perdido mucha sangre, tanta que mi cuerpo estuvo al límite. Me hicieron dos transfusiones de sangre. Me habían puesto “un globo” en el útero para bloquear la salida de sangre.

No obstante, lo peor que me hizo sentir es estar en la misma sala de reanimación que las recién paridas. Los bebés lloraban, sus padres les decían cosas bonitas, las comadronas se los ponían por primera vez al pecho. Yo estaba hecha una bola en un lado de la camilla, una mamá debió pensar que estaba acurrucando a mi bebé y cuando pasó por delante de mi me felicitó.

La entiendo, nosotros hace dos años estabamos felices en esa misma sala con nuestro recién nacido. Nada me hacía pensar que la sala de reanimación de ginecología era compartida para situaciones tan extremas. Mi marido me dijo que sentía ganas de coger un bebé y salir corriendo… En eso mismo pensaba yo.  A pesar de lo débil que estaba, mi cuerpo me pedía a gritos mi bebé. Estuvimos horas ahí. Sufriendo. Impotentes.

Al día siguiente en la habitación me dijeron que tenían que llevarme de nuevo a reanimación para desinflarme la sonda poco a poco y comprobar que mi útero había dejado de sangrar. Grité y supliqué que no me volvieran a llevar allí… La ginecóloga me dijo que no tenía por qué ponerme así, que en la calle también vería bebés. La odié, la odié a muerte. 

Una vez en la sala mi útero respondió bien, pero mi alma se partía con cada lloro que escuchaba de bebé. En cuanto pudieron me devolvieron a la habitación. Estuve ingresada tres días más por anemia grave y me metieron por vena de todo.  

Por las noches me daban diazepan porque no conseguía dormir. Revivia momentos del embarazo, buenos y malos.

Ahora estoy débil, no puedo andar mucho o me canso y me mareo. No olvido ni olvidaré nunca. Siento que tengo tres hijos pero dos de ellos son estrellas en el cielo. Mi motor es mi hijo. Me echaba mucho de menos, nunca nos habíamos separado tanto tiempo. Él nota que mamá está malita y con lo brutote que es él me trata con más cariño y delicadeza. No se qué haría sin él. Admiro a las mujeres que consiguen salir adelante sin tener antes un pequeño, yo siento que no podría. 

Sigo buscando respuestas, culpables… ¿Hice algo mal? No saben que ocurrió y me dicen que probablemente me quede sin saberlo. Aparentemente estaba todo bien.

Ahora tengo que vivir con mi duelo. El tiempo lo apaciguará. 

14 pensamientos en “Hasta siempre mis niñas

  1. Cuánto lo siento. Duele leer lo que os ha pasado. Lo siento en el alma y sé que no hay palabras porque algo así no tiene consuelo.
    Sé que ahora estarás centrada en salir adelante. Pero cuando estés más tranquila, podrías mirar en la web de “El parto es nuestro”. Si sientes que no te han tratado bien en el hospital, si sientes que no te han explicado bien lo que pasó y por qué ocurrió algo así, si necesitas apoyo o que te ayuden con algún tema, seguro que ahí vas a encontrar lo que necesites.
    A mí me ayudaron cuando necesité pedir explicaciones sobre ciertas cosas al hospital donde di a luz. Además te pueden orientar sobre grupos de apoyo psicológico.

    Un abrazo grande y fuerza.

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  2. Pingback: Mi segundo legrado.  | La luz de Laurel

  3. Acabo de leerte y no puedo ni por asomo imaginarme todo el sufrimiento que estás pasando. Todo lo que te diga es poco, nadie debería pasar por un dolor así. Vive tu duelo todo el tiempo que creas necesario. Tu pequeño te hará salir adelante y apóyate todo lo que necesites en los que te rodean. Muchísimo ánimo mi niña!!! aquí me tienes para lo que quieras.

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  4. Pingback: Nuevo año, nueva búsqueda. | La luz de Laurel

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